UNAM: Entre el Anquilosamiento y la Calidad

El cambio de administración en la Torre de Rectoría no es únicamente un mero trámite para mantener aceitados y en funcionamiento los engranajes de la institución sobre la cual se ha construido durante tantos años el carácter de nuestra nación. La elección del Dr. Graue plantea el reto de afrontar los lastres con los que la Universidad de Latinoamérica viene arrastrando desde hace poco más de medio siglo, o de someter a la Universidad a los asedios de un sistema político que a cada minuto parece rendirse servilmente a los designios del Capital.

UNAM: Entre el Anquilosamiento y la Calidad Foto: Reporte Indigo

Esta semana el Dr. Enrique Graue Wiechers tomó protesta como nuevo rector del máximo órgano ejecutivo de la Universidad Nacional Autónoma de México, y con ello, el compromiso de elevar la calidad de la educación superior en nuestro país se somete nuevamente a la amenaza del anquilosamiento burocrático de la continuidad o, a la oportunidad de renovación y mejoramiento de la cualidad y funcionamiento de la que sigue siendo, para muchos mexicanos, la Máxima Casa de Estudios de nuestro país.

El cambio de administración en la Torre de Rectoría no es únicamente un mero trámite para mantener aceitados y en funcionamiento los engranajes de la institución sobre la cual se ha construido durante tantos años el carácter de nuestra nación. La elección del Dr. Graue plantea el reto de afrontar los lastres con los que la Universidad de Latinoamérica viene arrastrando desde hace poco más de medio siglo,  o de someter a la Universidad a los asedios de un sistema político que a cada minuto parece rendirse servilmente a los designios del Capital.

Y es que pocos aspectos de la vida nacional definen tanto la naturaleza y el futuro de una sociedad como lo hace el nivel educativo con el que cuentan los individuos que la componen. Y si bien es cierto que la Universidad es sólo una constelación en el universo del sistema educativo nacional, la realidad es que, como ya lo mencionó el Rector, en la medida en que le vaya bien a la Universidad, le irá bien a México.

Por eso, el relevo de gestión en Rectoría lleva intrínsecamente impresa la necesidad de los Universitarios de plantarse de frente al futuro con la vista fija en los objetivos que queremos lograr para sacar de la podredumbre en la que se encuentra el aparato de Estado en el cual se rige nuestro Contrato Social con el resto de la sociedad. La Universidad no es sólo una institución de educación media y superior más perteneciente al Leviatán mutilado por los intereses de clase de quienes obtienen su riqueza con base en el trabajo de quienes no tienen más que sus propias fuerzas corporales para subsistir. Como Universidad Pública al servicio de los pueblos del Anáhuac, la Universidad tiene la responsabilidad de constituirse a sí misma en un espacio permanente de dialogo crítico a la manera en que se desarrollan las dinámicas sociales de México y el mundo.

En un momento en el que el Capitalismo mantiene a la sociedad sumergida en un estado de crisis civilizacional incesante, la labor de los Universitarios es, hoy más que en ningún otro tiempo pasado, la de forjar seres humanos con convicciones éticas intransigentes que pongan sus conocimientos al servicio de la sociedad. La Universidad debe ser, en todo momento, el pueblo armado con metodología y el universo teórico-metodológico que detenga el avance de los esbirros del neoliberalismo que amenazan con hacer de lo mejor de una sociedad compuestos mecánico-funcionales —autómatas incapaces de cuestionar la realidad de la valorización del valor—, en la medida en que sean capaces de (re)producir el status quo de una existencia subsumida en la falsedad de la linealidad del progreso civilizacional.

Hace años que México y la propia Universidad, se encuentran bajo el fuego de las políticas educativas globales que organizaciones como la OCDE, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial engendran en su seno con el único objetivo de despojar al conocimiento de la más pura de sus virtudes: dotar a los individuos de la libertad de autosignificarse subjetivamente dentro de un cuerpo social. El Rector Graue no únicamente tiene la tarea de fortalecer la relativa autonomía de la que goza la Universidad con respecto a la puesta en marcha de dichas políticas. Tiene la obligación de sitiar y repeler tales afrentas. No porque se deba declarar enemigo del Capital y los bajos intereses de la política. Sino porque el carácter mismo de la Universidad, los valores sobre los cuales se fundó y por los cuales sus estudiantes, docentes y administrativos han derramado su sangre en más de una ocasión se lo exigen.

 Y la única manera de hacerlo es reafirmando el carácter democrático sobre el cual su gestión debe anclarse. No es un secreto que gran parte del atraso en el que se encuentra el desempeño de la institución —y de quienes la componen— se debe a prácticas de corrupción que anteponen los intereses individuales de quienes únicamente ven en la gestión académica el paso previo en el tránsito hacia la arena política-gubernamental al bien superior de las generaciones encargadas de mantener la raza y el espíritu de México. Infinidad de plazas se encuentran ocupadas por personas ajenas a los valores y principios que sustentan 105 años de historia. La investigación ha dejado de ser una herramienta epistemológica con la capacidad de modificar la realidad, para ser un simple requisito de ascenso en la escala burocrática. Los puestos de administración se han convertido en “un empleo más”, carente de todo significado para el engrandecimiento de la institución. La docencia se criminaliza a través de la cooptación de la libertad de cátedra y del condicionamiento de la plaza a los vaivenes de los caprichos de los altos mandos institucionales. El ser un alumno de la Universidad poco a poco comienza a ser sinónimo de una mediocridad basada en la capacidad del estudiantado para vomitar cantidades impresionantes de información sin cuestionar.

Un primer obstáculo ya fue superado. El repudio de Sergio Alcocer como candidato del oficialismo priista a dirigir la Universidad constituye en sí mismo una victoria frente al partidismo. Sin embargo, el mayor de los retos de Graue no se encuentra en el pasado, sino en los cuatro años que tiene por delante y en los cuales deberá demostrar que esa continuidad no se extenderá a otras áreas de la Universidad. La renovación de rectoría no necesariamente significa la renovación de la Universidad y no hay nada más apremiante en este momento que la necesidad de renovar aquel compromiso que todos nosotros adquirimos cuando por primera vez proclamamos “Por mi Raza Hablará el Espíritu”.

**Esta columna fue publicada originalmente en #OpiniónPública bit.ly/opinionpublica

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