El Corredor "Cultural" Chapultepec o La privatización del Espacio Público

El Corredor Industrial Chapultepec no es únicamente una cuestión de si se quiere o no una Macroplaza Comercial que además funja como vía automovilística y Parque de Bolsillo. De su concretización depende el establecimiento de un precedente en la forma en la que los mexicanos queremos que continúe el crecimiento desmedido de nuestras ciudades. Por definición, el espacio público no es sólo ese territorio en el cual las personas se pueden reunir y ocupar un lugar. Ello resulta socialmente carente de contenido si ese mismo territorio no puede ser utilizado para que los individuos realicen actividades que los integren y cohesionen más al cuerpo social.

El Corredor "Cultural" Chapultepec o La privatización del Espacio Público Foto: Popular Science Monthly

Este próximo seis de Diciembre, el Instituto Electoral del Distrito Federal celebrará la Consulta Ciudadana referente a la construcción del autoprocalmado «Corredor Cultural Chapultepec»; mismo que está planeado para ser edificado en un tramo considerable de la avenida que lleva el mismo nombre. El hecho, aunque pudiese parecer simple trámite para proceder con lo que aparenta ser poco más que una ambiciosa remodelación de la avenida en cuestión, es un suceso de vital importancia para sentar un precedente sobre el modelo de desarrollo urbano que los mexicanos queremos para llevar a cabo la totalidad de nuestras actividades en sociedad.

Resulta ser que, de entrada, el proyecto de corredor no es, ni remotamente cercano, a algo que pudiera ser adjetivado como «cultural». El contemplar el emplazamiento de algunos puntos de interacción en los cuales se pretendiese desarrollar alguna actividad relacionada con la cultura —entendida ésta en el sentido burgués del término— no hace del desarrollo arquitectónico un «corredor cultural» (como el Gobierno del Distrito Federal y los voceros de los despachos arquitectónicos encargados de la obra se han empecinado en promoverlo). Por lo contrario, el nuevo capricho de infraestructura del Dr. Mancera es, en toda la extensión de la palabra, un «corredor industrial», en tanto está planificado con base en las necesidades de obtener una mayor concentración y maximización de la actividad económica en un espacio que invade por completo la esfera de lo público en un ecosistema urbano relativamente pequeño.

Y es que el hecho de que no se encuentre enclaustrado, dentro de muros altos y paredes largas con interrumpidas incrustaciones de cristales, no hace del Corredor de Chapultepec una obra diferente al modelo de Macroplaza Comercial sobre el cual se ha venido planificando la ocupación del espacio público en las ciudades, tanto en las economías de la periferia, como en las del centro global-Occidental. Londres, por ejemplo, lleva años reconfigurando su espacio urbano mediante el desarrollo de grandes complejos empresariales y habitacionales que, además de la evidente practica de especulación por el uso de suelo que realizan al momento de obtener los permisos de construcción, terminan despojando a los ingleses del único espacio en el cual los contenidos comunitarios, que les dan cohesión e identidad, son efectivamente explotados y fortalecidos a través de la convivencia cotidiana. El puerto de Canary Wharf, the Paternoster Squere, the Central Saint Giles Square o the Bishop Square son todos ejemplos de cómo el espacio urbano ha sido expropiado para ser utilizado por los grandes Capitales en busca de una mayor apropiación de excedentes.

Paris, Nueva York, Lisboa, Roma, Madrid… Basta con seleccionar alguna de las principales ciudades de los países económica y financieramente más desarrollados alrededor del mundo para comprobar que el espacio público es prácticamente inexistente, y el poco que existe se encuentra asediado por una muralla de construcciones que nulifican la escaza utilidad que llegase a tener al ser interiorizado por el aparato productivo circundante.

Pero no es solo el mundo industrializado. En los países periféricos, dependiendo del grado de industrialización con el que cuenten, la urbanización se encuentra marcada por moldes neoliberales de espacialización razonados a partir de la premisa de anular las distancias espacio-temporales en la cadena productiva de un bien o servicio. En países como Bolivia y Ecuador, por ejemplo, el contraste entre el esquema urbanístico empresarial y el comunal se encuentran marcados por una fuerte preeminencia de plazas públicas y circuitos comunitarios cerrados en los cuales el uso del espacio es dominado por la sociabilización. En Brasil, Argentina y México, por el contrario, la diferencia se matiza bajo el dominio de la plaza empresarial sobre los Barrios.

Ello es así porque los países de la periferia siempre han mantenido un desarrollo urbano dictado desde las necesidades de (re)producción del capital en espacio y tiempos cada vez más reducidos. El crecimiento de la mancha urbana sin una correcta planificación y su multiplicación vertical —definida por los grandes rascacielos y la compactación de las viviendas en edificios habitacionales de varios pisos de alto—, son los dos fenómenos característicos del proyecto de ciudad periférica. Y es que, en el intento por alcanzar un nivel de desenvolvimiento productivo, el esquema de construcción de ciudades ha respondido más a la premura de la atracción de inversiones que a la necesidad de brindar condiciones de vida adecuadas para el mantenimiento del tejido social.

Por ello el Corredor Industrial Chapultepec no es únicamente una cuestión de si se quiere o no una Macroplaza Comercial que además funja como vía automovilística y Parque de Bolsillo. De su concretización depende el establecimiento de un precedente en la forma en la que los mexicanos queremos que continúe el crecimiento desmedido de nuestras ciudades. Por definición, el espacio público no es sólo ese territorio en el cual las personas se pueden reunir y ocupar un lugar. Ello resulta socialmente carente de contenido si ese mismo territorio no puede ser utilizado para que los individuos realicen actividades que los integren y cohesionen más al cuerpo social.

Las Centros Comerciales del estilo Antara, Perisur o Masaryk, aunque reúnen individuos dentro de sus instalaciones y promueven la realización de actividades de diversa índole (realizar compras, consumir alimentos, jugar en centros de entretenimiento, ver filmes etc.) no propicia que esos mismos individuos sean algo más que simples consumidores condicionados por actividades predeterminadas en las que el fin es consumir y no necesariamente sociabilizar. Cuando el espacio público es ocupado por una serie de factores que determinan la estandarización del actuar del usuario lo que se obtiene no es la creación de contenidos comunitarios, sino la reproducción de la individualidad bajo la ilusión del cosmopolitanismo.

Además, si en todo caso el fin último del desarrollo urbano en Av. Chapultepec fuera el crear empleos, incentivar el consumo e incrementar la producción de la zona, la realidad es que el esquema resulta ser un fracaso total. Colocar un centro de consumo monopolizado por un reducido número de proveedores no es incrementar la producción para el florecimiento del espacio en el cual se localiza. La actividad económica tiene un despunte, es cierto, pero ello no lleva inherente a sí el que esa riqueza producida en ese lugar se redistribuya en las colonias aledañas.

Bastaba echar un vistazo a la Condesa, Xochimilco o la Colonia Roma para observar como el esquema de Barrios resultaba ser un tipo de desarrollo urbanístico con importantes consecuencias para el florecimiento tanto del espacio público como del privado. El mantenimiento de ecosistemas pequeños y medianamente cerrados con una variedad relativamente grande de oferta y demanda de bienes y servicios repercute en la maduración y progreso de las colonias en las cuales funciona ese ecosistema sin que los individuos se tengan que trasladar fuera del ámbito de convivencia en el cual viven; como ocurre en las plazas.

Por eso el Corredor, al menos de la manera en que se planea realizar, es definitivamente un atentado contra el derecho a la ciudad del cual debe gozar todo habitante de la misma. Rompe con las relaciones organizas de los colonos de la zona, disciplina el comportamiento recreativo a una serie finita de variantes estandarizadas de convivencia individualizada despoja a los habitantes de la prerrogativa de utilizar ese espacio para los mejores fines que a su conveniencia ofrezca.

Por último, y por si lo ya mencionado no fuese suficiente, existe el riesgo de que, de ser aceptado el proyecto y posteriormente replicado en otras vías de comunicación, se cometa el crimen de despojar a determinados espacios del simbolismo con el que cargan por la historia que en ellos confluye. Corporativizar plazas como las de la Ciudadela y la de Las Tres Culturas o avenidas como las que circundan al Zócalo Capitalino es un atentado contra el significado histórico y simbólico que eventos de trascendencia para el país delegaron en ellas.

Que los ciudadanos no puedan utilizar el Zócalo para expresar sus manifestaciones de inconformidad con su sistema político porque aquel fue utilizado como estacionamiento para los altos funcionarios del Gobierno Federal en una ocasión especial e irrepetible (tal cual ocurrió durante el informe de Gobierno de Enrique Peña Nieto en Septiembre del 2014) es un atentado contra la memoria política de nuestro país. Por ello, aunque proyectos como el de Chapultepec pudieran deslumbrar con la ilusión de tránsito a la modernidad, su proliferación en ciudades tan poco planificadas como la nuestra, resultan ser un peligro urbanístico al que no nos debemos arriesgar a experimentar.

 

**Esta columna fue publicada originalmente en #OpiniónPública bit.ly/opinionpublica
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