¿HIJOS O MASCOTAS?

¿HIJOS O MASCOTAS?

Tiendas de ropa, accesorios, estéticas, cafeterías, pensiones, hoteles y hasta centros de yoga se han abierto a propósito de las mascotas, especialmente para perros y gatos. Este nicho de mercado tiene su oportunidad gracias a que hemos humanizado a los animales, imaginando que su felicidad se finca en los mismos fundamentos artificiosos en lo que nosotros ciframos el éxito: ropa de moda, cortes de pelo modernos, collares costosos y actividades que nada tienen que ver con su naturaleza.

La gente que dice amar a los animales enfurece ante la sola posibilidad de que algún animal sea maltratado físicamente, entendiendo por maltrato físico a los golpes, que estén encadenados en una azotea, que no se les provean las condiciones adecuadas de salud, desde sus alimentos hasta sus vacunas. Pero ¿Qué hay de ponerles vestidos o disfraces que son incómodos para ellos? ¿Qué piensan de tratarlos como pequeños niños –y en algunos casos, como sustitutos de un compañero sentimental? ¿Y si los alejamos de su entorno adecuado obligándolos a vivir en espacios tan estrechos o incómodos, en climas opuestos a su naturaleza o en condiciones que les merma su carácter natural?

Los animales son cohabitantes nuestros de este planeta, y si bien algunos se han adaptado históricamente a nuestra forma de vivir, no tenemos derecho a alterar su naturaleza por ciertas debilidades que, como sociedad, hemos gestado, tales como la incapacidad de interactuar con otros seres humanos para formar familias, o en nuestra decisión de no tener hijos, sublimamos esta necesidad en una mascota que debe someterse a nuestras manías, como si fuera un esclavo al que le imponemos la dura tarea de suplir nuestras necesidades afectivas.

Adoptar a un animal significa asumir la responsabilidad de respetar su esencia, de aceptar que son seres vivos con una naturaleza que les permite acompañarnos, pero también requieren sus propios espacios para satisfacer sus propias necesidades físicas. Comprender que la felicidad de un perro, por ejemplo, no radica en vestir suéteres o disfraces que nos diviertan, sino en que le permitan correr en libertad, jugar y convivir con su entorno.

Amar a un animal es respetar lo que es, y si no podemos proveer lo que requiere, proporcionárselo donándolo a donde pueda vivir en plenitud.