Juan Zepeda, el caballo de Troya de EPN

Juan Zepeda, el caballo de Troya de EPN

Tablero Político

En menos de quince días, un personaje oriundo de uno de los municipios más poblados y complejos del país, Nezahualcóyotl, se colocó en una posición privilegiada en el tablero político nacional. Sin menospreciar la capacidad que tuvo para crecer durante la campaña a partir de los buenos reflejos de acuerdo a las circunstancias y al paso de los días, el candidato del PRD Juan Zepeda acabó jugando a favor del Presidente Enrique Peña Nieto.

Para comprender mejor la relevancia política que tiene el Estado de México en el moderno universo de simbolismos nacionales, basta con ver cómo la investidura del presidente se vio reducida a un jefe de campaña de una contienda local. No era para menos --refieren algunos-- pues en vilo estaba perder el control del lugar en donde su estirpe, desde hace 88 años, se ha reproducido, criado y aprendido el arte de gobernar.

Bajo esa tesitura, no era una opción dejar que manos extrañas al Grupo Atlacomulco pudieran escrudiñar el diseño de una maquinaria gubernamental que aceitada por el clientelismo  --vía programas sociales-- ha mantenido una producción de pobreza de alto rendimiento electoral. Una ecuación envidiable para cualquier gobierno autoritario.

Fue así que en una contienda en dónde el hartazgo de la ciudadanía en contra de la claque príista empezó a tomar forma, el nombre de Juan Zepeda comenzó a generar un ruido inesperado. Todo en una disputa en donde los analistas y estrategas preveían un mejor desempeño del PAN a través de Josefina Vázquez Mota, así como la consolidación de Morena; un nuevo partido que apuesta por el viejo caudillismo, bajo el liderazgo de Andrés Manuel López Obrador.

El arrastre de la marca PRI a nivel nacional con Peña Nieto como principal catalizador del desencanto entre los mexiquenses, con niveles de aprobación de gobierno históricamente bajos (mantiene 21%, llegó a estar en 19%), tenían sumido a Del Mazo en una debacle en la que no quedaba claro –siguen atorados en ello— el mensaje clave o leitmotiv de su campaña.

Los síntomas del desastre al interior de los múltiples cuartos de guerra que operaban eran fáciles de identificar cuando el candidato, en entrevistas, discursos y spots, no dejó claro si enterraría su apellido con tal de gobernar la entidad o si era su línea consanguínea un atributo del cual no debería renegar. Nada fácil para Del Mazo III tomar esa decisión en tiempos modernos.

La comunicación política fue el eslabón más débil en el equipo de Del Mazo: cambiaron al coordinador de la materia tres veces; entre los desplazados figura Ricardo Joya de quien buscaron aprovecharse de su prestigio en la entidad.

Más allá de la operación electoral que encargó el Presidente de la República en su carácter de jefe de campaña VIP (aprobó personalmente el “Fuerte y con todo”), en donde le fueron asignadas tareas específicas a los integrantes del gabinete, así como a funcionarios del gobierno estatal, la decisión que logró cambiar de último momento de la correlación de fuerzas rumbo al llamado día “D” --en donde más de 11 millones de personas estarían en posibilidades de ejercer su voto-- fue fortalecer al habilidoso candidato del PRD, el cual, de acuerdo con los cálculos y en función de los días de campaña restantes, no obtendría los números necesarios para imponerse como ganador, pero sería suficiente para dividir a la mayoría, la cual, tenían claro, no estaba con ellos.

Existen quienes afirman la inyección de recursos por parte del gobernador del Edomex, Eruviel Ávila, a la campaña de Zepeda vía los personeros de la corriente Alternativa Democrática Nacional y Militantes de Izquierda, así como la negociación de espacios dentro del gran aparato que representa la entidad.

Aunado a ello, los medios de comunicación, algunos alimentados y orientados por el régimen, cambiaron la narrativa de la contienda y en su transcurso encontraron en Juan Zepeda a un candidato competitivo, rockero, migrante y de barrio. Lo mismo un día podía sentarse con los dirigentes nacionales de su partido y revirar el tres veces candidato presidencial Andrés Manuel López Obrador que al otro volver a Nezahualcóyotl, municipio que gobernó y que es un bastión amarrillo que, aun carcomido por la pobreza y la violencia, tenía la esperanza de ver a uno de los suyos despachar desde el Palacio de Gobierno de Toluca.

En un caso digno de estudiar a fondo, Zepeda se erigió en escasas dos semanas, (su arranque de campaña no tuvo mayor notoriedad) como “una opción viable” que permitiría a los mexiquenses dar una lección al PRI. Pasó de estar en el sótano de las preferencias electorales a un tercer lugar, en un contexto en donde la contienda parecía delimitada a dos actores: Del Mazo del PRI y Delfina Gómez de Morena.

Con el 97.7 por ciento de casillas capturadas, la impresentable autoridad local mantiene en su sistema de datos preliminares una participación de 52.49 por ciento,  la cual sigue siendo baja en términos de construcción de ciudadanía, en donde el dato que resalta es que el primo –en octavo grado— del Presidente ganó la gubernatura aun cuando casi 7 de cada 10 mexiquenses no votaron por él.

El factor determinante en la escaramuza electoral fue Zepeda, candidato que, a sabiendas de que no ganaría y cerrando la puerta a cualquier opción de alianza, continuó alimentando la mentira de que el PRD era la tercera vía por la cual el enojo e impotencia de la ciudadanía debería transitar.

Paradójicamente, Juan Zepeda, ese hombre de origen humilde, terminó sirviendo al grupo político de alta alcurnia con quien selló un pacto al convertirse en el Caballo de Troya del Presidente en el Edomex. Sus servicios, seguramente serán pagados con creces, pues ayudó al régimen a librar la madre de todas las batallas y conservar así la joya de la corona. Ya se verá si desde el Palacio de Cobián se opera para que llegue a la dirigencia nacional de su partido.

El PRI, por su parte, realizó una jugada de manual: Divide y vencerás. Sin embargo no debe perder de vista que para 2018 su rey sigue en jaque.