Un "Chapo", tres narrativas

Queda claro que el presidente no le hizo un favor a los mexicanos. Capturar a los capos de la droga es su obligación y para ello sirve en un puesto de elección popular. También se sobreentiende, a pesar de que el discurso del presidente se centró en hacer ver su figura como el hombre fuerte del régimen, el que ordena y lo que ordena se cumple; que la recaptura simplemente responde a la ineptitud de su administración para mantenerlo tras las rejas del que supuestamente es el penal de (máxima) máxima seguridad en el territorio. Por el momento la captura de Joaquín Guzmán Loera no es el tema importante. La inseguridad no cambia con su captura; los carteles del crimen organizado (inclusive los gubernamentales) siguen actúan en plena impunidad. Lo importante es esclarecer públicamente que cadena de corrupción lo liberó en julio y, sobre todo, obtener toda la información necesaria para verdaderamente desarticular las redes de corrupción y crimen organizado que tanto han lacerado a los mexicanos.

Un "Chapo", tres narrativas Foto: Reporte Indigo
La recaptura de “el Chapo” se presenta en un momento en el cual era francamente inesperado por la sociedad; en parte por el ánimo de descrédito que impera sobre las instituciones mexicanas (que la administración de Enrique Peña Nieto viene arrastrando, prácticamente, desde el inicio de su gestión); en parte por la enorme atención que los asuntos financieros obtuvieron en las últimas semanas a raíz de la caída del precio del petróleo y de una apabullante depreciación del peso mexicano frente al dólar estadounidense. Y, en éste sentido, tres parecen ser las narrativas dominantes en la agenda pública (por oposición a las agendas de los medios y gubernamental). A saber: a) la captura se da como una respuesta gubernamental para cubrir las malas condiciones en las cuales se encuentra la economía mexicana, b) el capo nunca se escapó de prisión y, c) la persona que se ha presentado como “el Chapo” en las dos últimas aprehensiones no es “el Chapo”.
 
De las tres, la primera es la más difundida y aceptada. Sin embargo, hay algunos puntos que esclarecer. Primero, la depreciación de nuestra moneda frente a otras divisas, cuando no se da a través de la devaluación, responde a factores macroeconómicos que, en general, dentro de un modo de producción/apropiación global-capitalista-neoliberal no se encuentran en manos de quienes conforman la administración pública federal del gobierno en turno (con excepción de la balanza comercial que, en todo sentido, es un reflejo de las políticas productivas internas). Tal es el caso del incremento en la tasa de referencia de la Reserva Federalel precio internacional de las materias primas o la caída en producción y consumo de las mayores economías globales (China, India, Estados Unidos, el Bloque Europeo, etc.).
 
Por ello, el argumento de tapar una mala gestión gubernamental de la economía con un logro político en materia de seguridad es endeble y carece de bases para sustentarse. Ahora bien, no obstante lo anterior, en un panorama en el cual el entendimiento del funcionamiento de los factores macroeconómicos suele escapar del dominio público a nivel de masas, cualquier logro político de la administración pública federal puede traducirse en réditos que incrementen la popularidad y aceptación del proyecto político en el gobierno. Es decir, si la colectividad parece no comprender que la depreciación del peso no es un asunto cuya responsabilidad sea adjudicable al gobierno y, por lo contrario los ciudadanos adjudican la “devaluación” de la moneda al gobierno federal, en términos de popularidad, la captura del capo sí refleja una “victoria” para el presidente y su gabinete. Segundo, aun cuando “el Chapo” recapturado fuese un asunto que pudiese ser capitalizado como una “cortina de humo” para desviar la atención de la depreciación del pesola captura, al igual que las anteriores, es una “victoria” banal, (fugaz, efímera) en comparación con la previsible caída sostenida que se observará de las divisas periféricas; por lo menos hasta que estalle la burbuja bursátil china o el ciclo de crisis de acumulación capitalista finalice su curso actual.
 
La segunda narrativa (que asevera que “el Chapo” no escapó nunca de presión) es aún más controvertida. Y no porque el creer que el gobierno haya planeado todo un teatro sobre una supuesta fuga del enemigo público número uno del Estado mexicano para después capitalizar su recaptura frente a una coyontura (a la manera del argumento anteriormente expuesto) no sea verosímil; sino porque en términos de desacreditación y desgaste político para el presidente y las instituciones que su equipo de trabajo dirigen, la fuga de “el Chapo” en julio pasado resultó ser un evento mayúsculo dentro de un contexto de amplia desaprobación de las reformas estructurales, dedescontento generalizado con el mediocre desempeño de la economía nacional, y de profunda indignación con la violencia y la inseguridad(materializadas en Ayotzinapa, Tlatlaya y las miles de torturas ydesapariciones forzadas) de ésta primera mitad de sexenio.
 
Acreditar que la captura, fuga y recaptura del capo es una estrategia montada por el gobierno implica que el montaje debió ser planeado para cubrir una crisis política de proporciones mayores. En tal sentido, la depreciación del peso podría ser considerada esa crisis, pero hasta que no se traduzca en un nivel de inflación elevado (y consecuentemente en una baja sostenida del poder adquisitivo de la ciudadanía), un peso debilitado no significa una crisis mayúscula. Al menos no mayor que las varias que el gobierno ha tenido que sortear en los últimos dos años.
 
La tercera narrativa tampoco es inverosímil. La captura de “el Chapo” implica una diferenciación política importante del peñanietismo con respecto al Calderonismo:triunfar en la “estrategia” de seguridad que en el sexenio pasado llevó al país a la podredumbre de un “Estado Fallido”. Por ello acá esta narrativa tiene cierto grado de coherencia. Sin embargo, hasta tener más información disponible, tendrá que ser materia de otro análisis.
 
Lo que queda claro de los eventos ocurridos ayer es que el gobierno deseaba que dos cosas quedaran bien cimentadas en el imaginario colectivo: 1) que la fuga del capo no fue, en muchos sentidos, culpa del presidente y su gabinete y, 2) que los mexicanos deben confiar, contra toda muestra o pronóstico contrarios, en las instituciones nacionales. Y es que la manera en que el gabinete de seguridad y el propio presidente vendieron toda su narrativa dejó ver lo importante que era el dejar en claro que si las cosas están mal en el país no es por causa de una mala administración federal; sino por fuerzas contrarias al Estado de derecho (de ahí el énfasis en excluir toda injerencia estadounidense en de la “victoria” de la captura).
 
Queda claro que el presidente no le hizo un favor a los mexicanos. Capturar a los capos de la droga es su obligación y para ello sirve en un puesto de elección popular. También se sobreentiende, a pesar de que el discurso del presidente se centró en hacer ver su figura como el hombre fuerte del régimen, el que ordena y lo que ordena se cumple; que la recaptura simplemente responde a la ineptitud de su administración para mantenerlo tras las rejas del que supuestamente es el penal de (máxima) máxima seguridad en el territorio. Por el momento la captura de Joaquín Guzmán Loera no es el tema importante. La inseguridad no cambia con su captura; los carteles del crimen organizado (inclusive los gubernamentales) siguen actúan en plena impunidad. Lo importante es esclarecer públicamente que cadena de corrupción lo liberó en julio y, sobre todo, obtener toda la información necesaria para verdaderamente desarticular las redes de corrupción y crimen organizado que tanto han lacerado a los mexicanos. Sobre la extradición y otras implicaciones ya escribiré pronto.

**Esta columna fue publicada originalmente en #OpiniónPública bit.ly/opinionpublica

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