La relección de Evo y el discurso que ya no puede ser

Hace 5 años, cerraba mi tesis de licenciatura esperanzado con el proceso boliviano: una nación plurinacional encabezada por  el primer presidente indígena (porque Benito Juárez no se asumía como tal) que reivindicaría a los olvidados de América. Antes, contrasté ese hecho histórico con las percepciones de mis entrevistados, profesionistas bolivianos que vinieron a México a mejorar sus condiciones de vida, quienes si bien podían admitir avances positivos, repetían al mismo tiempo concepciones peligrosas como la del “indio bueno que se había vuelto soberbio” con el gobierno de Evo Morales.

Hoy, me encuentro con la noticia de un empate técnico –entre el sí y el no– en el referéndum que definirá si el presidente boliviano podrá relegirse por cuarta ocasión. Es una decisión de los bolivianos, que aún no se puede dar por definida, pero que en este punto ya muestra una clara polarización de la opinión pública. Reflexiono entonces sobre el discurso que ya no puede ser.

Precedido por una historia de presidentes que no hablaban bien el español (y sí el inglés) o que intercambiaban territorio por condecoraciones brasileñas, Evo Morales llegó al poder por la vía electoral. Quedó claro entonces que los indios eran mayoría en Bolivia y que habían salido a votar de manera organizada por uno de los suyos. Llegó con un discurso renovador, tanto como su imagen. Con el compromiso de incluir a todos en una nueva patria, con la promesa de una democracia directa cercana a los valores de la mayoría e incluso presumiendo avances económicos reconocidos por el Fondo Monetario Internacional en un plazo más que razonable a partir de la nacionalización de sectores estratégicos.

Esos avances, según el propio Morales, coexistían con las élites oligárquicas que estuvieron enquistadas durante décadas –o siglos– en el poder y sus planes desestabilizadores derivados de su obstinación por conservar sus privilegios. Nada indica que esos intereses se hayan desactivado, pero ahora se suman a los de un gobierno que no está dispuesto a renovarse o no ha podido hacerlo.

Un proyecto que no ha construido un nuevo liderazgo en diez años, poco podrá argumentar sobre el cambio y la renovación. En consecuencia, encontrará difícil movilizar la esperanza de los ciudadanos. Si se llega al poder por la vía electoral, no se deben olvidar las reglas –escritas y no escritas– para conservarlo en el juego democrático, que también es el de las percepciones.

Si la oposición acusaba desde 2005 intenciones dictatoriales, debió pensarse entonces en una estrategia que no confirmara esa premisa, en favor de la continuidad de un trazado político-social, más que la de una persona. Aún faltan tres años para las elecciones de 2019, tiempo suficiente para pensar en un nuevo candidato.