Un PRI ¿Más Democrático? (Asedio a la Ciudadania)

Esta semana el Partido Revolucionario Institucional trascendió en la Agenda de los Medios por la decisión de su Comité Ejecutivo Nacional de “abrir las puertas del partido” a ciudadanos “no-militantes” para competir por su eventual postulación a cargos públicos. Dentro del espectro más oficialista de la Opinión Pública, la medida fue recibida con aplausos por representar una “herramienta de democratización”, tanto del instituto, como de los procesos de toma de decisiones en la estructura política del aparato de gobierno de la Federación. Sin embargo, lo que ha pasado inadvertido son las consecuencias altamente perjudiciales que tal movimiento supone para la conducción del sistema político mexicano en su totalidad.

Un PRI ¿Más Democrático? (Asedio a la Ciudadania) Foto: Reporte Indigo

Esta semana el Partido Revolucionario Institucional trascendió en la Agenda de los Medios por la decisión de su Comité Ejecutivo Nacional de “abrir las puertas del partido” a ciudadanos “no-militantes” para competir por su eventual postulación a cargos públicos. Dentro del espectro más oficialista de la Opinión Pública, la medida fue recibida con aplausos por representar una “herramienta de democratización”, tanto del instituto, como de los procesos de toma de decisiones en la estructura política del aparato de gobierno de la Federación. Sin embargo, lo que ha pasado inadvertido son las consecuencias altamente perjudiciales que tal movimiento supone para la conducción del sistema político mexicano en su totalidad.

El argumento de fondo, según parece, es que el partido en el Gobierno reconoce con esta pretendida “ciudadanización” de su composición orgánica la imperiosa necesidad de abandonar el modelo clásico de ideologización con el cual viene funcionando desde que, ilegítimamente, se adjudicara la herencia de la Guerra Civil que dio origen al andamiaje institucional de los gobiernos “posrrevolucionarios”. Esto, por supuesto, tiene como explicación central el relativamente alto desencanto de los mexicanos con la forma en que el sistema de partidos ha venido conduciendo los hilos de la vida nacional durante las últimas dos décadas.

El problema es que tal “apertura” no representa, ni de cerca, un esfuerzo por ofrecer a la ciudadanía “no-militante” una ventana de oportunidad para influir en la conducción de la plataforma del instituto, por el simple hecho de haber sido acotada al requisito previo de que cualquier postulante debe contar con un índice de popularidad social mayor al del que pudiese gozar cualquier miembro militante entre la población. Esto, en un país en el cual la popularidad social se encuentra cimentada en la capacidad de los medios de comunicación para construir personalidades carismáticas y carreras políticas, no representa más que una salida en falso para sacarle la vuelta a la amenaza que representaron las candidaturas —supuestamente— independientes a la nomenklatura partidista.

 Los problemas, por lo tanto, son dos:

a) Aun abandonando los modelos teóricos de la ciencia política, en la práctica, la razón de Ser de un partido político se encuentra anclada a la base ideológica sobre la cual se edifica su programa de trabajo. Claro que un partido siempre puede optar por la vía del pragmatismo político —como muchos partidos de derecha, centro e izquierda han hecho a nivel internacional— en lugar de encadenarse a las ataduras que el dogmatismo ideológico supone ante un contexto social altamente volátil y en permanente mutación. Sin embargo, para hacerlo, el instituto en cuestión tendría que renunciar a la base histórica sobre la cual se articula se relación con la sociedad en la cual existe.

De no hacerlo, la pretendida participación de la sociedad perdería todo su sentido de acción social, en el entendido de que el aparato ideológico, tarde o temprano, terminaría por consumir su independencia partidista en razón y beneficio  de la permanencia del partido en el poder. En nuestro contexto nacional, esta resulta ser la vía más palpable para la ciudadanización del priismo. No se debe dejar de lado que la fuerza de este partido, más allá del evidente adoctrinamiento autoritario que puso en acción durante más de medio siglo sobre los nacionales, aún ocho décadas después del caudillismo revolucionario, mantiene el control horizontal y vertical de la estructura de gobierno, permeando tanto al federalismo como al republicanismo.

Y es que un PRI sin la capacidad de someter a su jerarquía el funcionamiento de los gobiernos estatales y municipales y sin la autoridad y el poder para vulnerar la división de poderes tripartita que constitucionalmente nos rige, simplemente no es PRI. Y si bien la idea de la democratización ciudadana del priismo comienza a venderse con esta idea, la verdad es que, si algo dejaron ver los comicios pasados, es que la popularidad social no necesariamente significa preparación intelectual para el ejercicio de las funciones públicas. Véanse los casos de la “fichera” Carmen Salinas o el futbolista Cuauhtémoc Blanco, por ejemplo, para comprobar la hipótesis (aunque una preparación de cuadros, es decir, militancia, tampoco asegura el egreso de personal intelectualmente capacitado para conducir el país).

b) Basar las postulaciones políticas en candidaturas “no-militantes” supone, en teoría, una cierta dosis de independencia del individuo frente a la estructura de partido. No obstante, si ello fuese así, la plataforma política del partido tendría que anularse en el momento de la postulación en beneficio de la plataforma de trabajo del ciudadano. Cumpliéndose este requisito, la función del PRI únicamente pasaría a ser la de una base económica y de infraestructura que coloque en ventaja al candidato frente a los escasos recursos e infraestructura con los cuales son dotados, por mandato de ley, los candidatos independientes.

La cuestión, por lo tanto, se bifurca en dos: 1) el Partido Revolucionario Institucional se encontraría de frente ante la posibilidad de que postular a candidatos con agendas de acción independientes (incluso divergentes de las priistas) supondría una amenaza de pérdida de mayorías en puestos de elección como municipios, delegaciones, diputaciones, gubernaturas y senadurías; ergo, la pérdida del poder de dirigir las elecciones consecuentes. Y ello, sencillamente representaría un suicidio del partido por el propio partido. 2) postular ciudadanos “no-militantes” con la agenda del priismo es, simplemente, postular a priistas sin trayectoria reconocida. Y un ciudadano con agenda priista es, en todo sentido, más del mismo priismo.

El tema de popularidad, además, nos remite de inmediato a la forma en la que el rancio priismo autoritario se legitimaba a través de la pluma de escritores —y esbirros del oficialismo— como Octavio Paz o de académicos como Reyes Heroles. No es un secreto que las democracias electoreras liberales en Occidente se basen en mayoritismos y disensos. Sin embargo, el peligro de basar una elección en la popularidad de un personaje, más que en su capacidad teórica-metodológica y práctica de conducir un país, es un costo que al país podría salirle caro es muchos términos. Desde el incrementar la base burocrática y corporativista del Gobierno, hasta tomar malas decisiones en la planeación y ejecución de políticas públicas.

La solución, evidentemente, tampoco recae en la creación de cuadros partidistas (seres adoctrinados en el dogmatismo ideológico; autómatas despojados de su sentido de raciocinio). Ya durante bastantes años hemos vivido las consecuencias del anquilosamiento de un grupo reducido de cuadros accionando los engranes de la administración pública. Más bien, la verdadera democratización —“ciudadanización si se quiere— de cualquier estructura partidista, necesariamente, debe transitar por la permisibilidad de la movilidad política en sus niveles horizontal y vertical. El priismo se encuentra acorralado entre la popularidad de algunos personajes de izquierda (Andrés Manuel López Obrador) y derecha (Margarita Zavala y Ricardo Anaya) que no pierden la oportunidad de capitalizar el desastre de gestión que el Nuevo PRI ha desempeñado en el último sexenio.

Que no sorprenda, entonces, que Beltrones busque dar Circo al pueblo mediante el encumbramiento de actrices, futbolistas y personajes de la farándula que, a todas luces, de independientes tienen lo que Jaime Rodríguez o Manuel Clouthier lo son de los intereses empresariales a los cuales responden y de la historia partidista a la cual no pueden renunciar.

**Esta columna fue publicada originalmente en #OpiniónPública bit.ly/opinionpublica

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