21 Octubre, 2015

En un mundo globalizado, parece ser que un tema recurrente hoy en día se centra en las cuestiones de identidad. ¿Por qué? ¿No debería de suponerse que entre “más rápido” transcurra el tiempo, el modo de vida, y más interconectados estemos, es mejor? Vivimos en un mundo en el que más de la mitad de los productos que consumimos provienen de algún país asiático y en los países latinoamericanos nos llenamos de comercios y marcas estadounidenses. En México, llegar a la universidad con un café que en el vaso se lea “Starbucks” te da prestigio. 

Por otro lado, al notar lo inmersos que estamos en consumir no solo las marcas extranjeras sino también sus estilos de vida, se ha buscado recuperar esas “raíces” que hemos perdido. Lo indígena es resaltado y se hacen campañas para comprar productos nacionales o, incluso, se han creado marcas como Pineda Covalín en México con motivos étnicos para tratar de incorporar en la cultura actual lo que “nos hace mexicanos”. Si bien la iniciativa tuvo una buena intención en un inicio, ahora se ha convertido en una moda. 

Así como el ejemplo que propuse en un inicio sobre Starbucks en México, no es nada nueva la idea de que países como Estados Unidos tienen una fuerte influencia en Latinoamérica ya sea directa o indirectamente y en mayor o menor medida, pero al fin de cuentas, siempre se hace presente. Si nos trasladamos al caso de Honduras, ¿esto en dónde queda? En la entrega anterior hice mención de las compañías bananeras en dicho país que desde principios del siglo XX crearon lazos estrechos y muchos hondureños fueron a establecerse a Estados Unidos, principalmente a Nueva Orleans hoy también conocida entre ellos como la pequeña Honduras. 

Lo que comenzó como parte de un sistema de mercado entre ambos países hoy se ha convertido en una preocupación para los Estados Unidos con la cantidad de inmigrantes irregulares provenientes de Centroamérica.  Sin embargo, ¿de qué manera esto afecta a las familias que se quedan? Hemos oído del calvario por el que cruzan los miles de migrantes día con día por el territorio mexicano pero poco se sabe de lo que sucede con los niños y jóvenes que tuvieron que crecer sin sus padres. Son hondureños como todos pero ¿acaso su identidad es transformada al ser jóvenes que han tenido que adaptarse a condiciones diferentes al tener que desarrollarse sin sus padres?, ¿cuál es el efecto que esto tiene en sus estudios y en el desempeño escolar?, ¿qué tanta influencia tienen los padres ausentes para que ellos decidan abandonar el país? Y si la respuesta a alguna de estas preguntas se responde afirmativamente, ¿qué está haciendo el gobierno al respecto?, ¿se ha pensado en alguna forma de tratar con estos jóvenes que no cuentan con sus padres físicamente y que son propensos a en cualquier momento unirse a las bandas delictivas o salir del país?